PRESO DEL ARMARIO LLENO.


Por muerte o por desgracia esto ya no es lo que era y atención a la bomba que voy a soltar, jamás volverá a serlo, y no debemos quitarle mérito al mundo, ha crecido sin aumentar su tamaño pero aun así, no puede decirse que haya madurado, tan solo ha envejecido.

 

Madurar es optativo, conlleva responsabilidades, un cambio de actitud y aptitud, una serie de valores… Sin embargo, envejecer, le pese a quien le pese, es inevitable. Perder la belleza para ganar picardía, acumular éxitos, fracasos, alegrías y traumas en una mochila cada vez más pesada que nos lleva hasta el inevitable fin de dicho envejecimiento, la muerte. El mundo envejece y nosotros con él, cada día más quisquillosos, cada día más paranoicos y cada día con una nueva herida que cicatriza en nuestro rostro en forma de arruga.

 

Como la mayoría de las veces que buscamos fuera algo que tenemos dentro, acabamos por perderlo. Sólo cuando descubrimos que el reencuentro ha de sustituir a la búsqueda, el verbo encontrar cobra sentido. La libertad no es una excepción a esta regla, ella se asemeja a los armarios, cada vez más ropa y cada vez más “no tengo nada que ponerme”, cada vez más libertades y cada vez menos libres.

 

5 pares de zapatos, 6 pares de deportivas, 3 vaqueros, 2 chinos, 6 camisas, 8 camisetas, 4 jerséis, 2 sudaderas, 2 chándal, 4 abrigos, 2 gafas de sol y 1 gorra. Cientos de combinaciones se esconden tras las desgastadas puertas de madera y ¿para qué? Cuando las libertades llegan al extremo no te hacen libre, si no preso de la elección. Nacemos con un derecho que malgastamos convirtiéndolo en deber.

 

Mi elección hoy es no elegir, emplear mi libertad en desechar libertades, cerrar la puerta del armario sin coger una sola prenda y salir a la calle a pecho descubierto. Mi elección hoy es notar como el duro asfalto se clava en la planta de mis pies, sentir como el aire de Enero sube desde mis tobillos hasta mi cintura congelándome las piernas y como las gotas de lluvia que caen sobre mi cabeza recorren mi pecho para morir en mi ombligo.

 

Mi elección hoy, se llama libertad a quemarropa.